
Un concierto de batería eventual...







Los infiernos de nuestro inconsciente influyen más en nuestro cuerpo de lo que somos capaces de ver”, nos dice Ruediger Dahlke, el autor de “La enfermedad como camino”. Este mismo autor, relata como Milton Erickson aconsejó a una paciente frígida que se sentara delante de una nevera para revivir, en un ritual de varias horas, como se iba descongelando gota a gota. El experimento tuvo mucho éxito. “La experiencia sensorial provocó la liberación de su propia armadura de hielo dejando al descubierto su propio fuego interior erótico”.
Genialidades de Milton Erickson
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Viste de negro
piensa de blanco
cierra los bares,
nunca es culpable
no tiene celos
no tiene dueño,
ella es la ruta
de la aventura...
De madrugada
es reina de copas, sota de espadas
tiene sonrisa de monalisa
detras del antifaz
Ella es la bruja de blancanieves
de su manzana probar no debes
porque dispara siempre
directo al corazón
como el primer amor,
directo al corazón
como el primer amor...
Es la locura
y es la ternura
nube sin cielo,
ave de paso
huye del miedo
siendo su espejo,
no tiene dudas
pide la luna
De madrugada
es reina de copas, sota de espadas...
De madrugada
mujer de mil claves
mujer de una llave,
con su sonrisa de monalisa
detras del antifaz...



Érase una mujer que vivía disfrazada de mujer y un hombre que vivía disfrazado de hombre. Cuando se encontraron, creyeron esa comedia y formaron pareja. El hombre falso y la mujer falsa, haciendo esfuerzos tremendos, alcanzaron una modorra que llamaron felicidad. La mujer y el hombre verdaderos nunca llegaron a conocerse.
Alejandro Jodorowsky

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo